31.1.10

El niño y la niña

Que el niño y la niña existen y son reales no hay duda. Los vientos en la costa del océano pacifico que se llevan la humedad o dejan de llevarla hacia Oceanía tienen efectos notables sobre el clima en toda sud América. Lo que resulta difícil de entender son las manifestaciones contradictorias de este fenómeno, que a veces traen en una misma temporada efectos tan contrarios como extrema sequia y calor, seguido de intensas y torrenciales lluvias que provocan inundaciones devastadoras.
En las sierras de Córdoba conocemos muy bien el fenómeno de la sequia. Las lluvias molestan a los turistas desde diciembre hasta marzo. Pero si no existieran esas lluvias no se cargarían los ríos, no se mantendrían vivas las vertientes, no se mantendrían los espejos de agua de los embalses y lagos, en fin, no habría renovación de la vida natural en las sierras.
Este año que por fin terminó, la seca se alargó mucho más allá del invierno y la primavera, y llegamos a diciembre rogando por unas gotas. Ya no quedaba forraje para el ganado. Algunas nativas, aun las más rusticas como el chañar, no llegaron a florecer esta temporada, y el Piquillín quedó seco. Fue duro para todos. Los insectos no encontraban flores, los pájaros se quedaron con pocos insectos para alimentarse. Todo el nivel de vida bajó y a los animales que viven naturalmente en el monte y en la sierra les costó más que nunca encontrar el alimento y el agua.
En medio de este panorama en el que la naturaleza se abate sobre sí misma con extremo rigor, como si quisiera disciplinarse y entrenarse para desastres aun mayores, el hombre hace y deshace, interviene y pretende controlar minúsculas porciones de la realidad para sacar mayor provecho de todo: “voy a quemar este montoncito de basura, total, el fuego yo lo domino”. Ya sabemos a dónde conduce la soberbia, que es solo del hombre.
Cuando decidimos ponernos a cultivar, estamos haciendo una apuesta fuerte. Contamos con nuestros diques, nuestros ríos, nuestros pozos de agua.
¿Nuestros?
Este año que pasó nos dejaron plantados.
Años de dedicación se redujeron en algunos casos a la mínima expresión, solo como para poder arrancar nuevamente en la próxima temporada. Pero nos vamos templando. Nos conocemos mejor. Sabemos hasta donde llegamos y donde están los limites. La naturaleza nos mira con más respeto. El respeto al que pasó por una dura experiencia y sabe que no puede pedir de más. Que sabe calibrar mejor sus fuerzas y conoce al menos un milímetro más de los fenómenos naturales. Ya no la pretendemos dominar. Ahora solo pretendemos trabajar junto a ella.